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Habíamos visitado Cuba en noviembre de 1986 y pudimos apreciar el estado de deterioro de lo que fue una floreciente comunidad judía. Para esa fecha quedaban unos 900 judíos en La Habana. La gran mayoría se habían ido en diferentes olas migratorias desde el arribo de la revolución. Un número importante de los que aún quedaban en Cuba habían contraído matrimonios mixtos. Algunos militaban activamente en el partido comunista y la mayoría entendía que la asistencia a una iglesia o a una sinagoga demostraba una falta de asimilación a las enseñanzas del nuevo orden social. No era necesario insistir en lo dañino de la identificación con alguna confesión religiosa. Uno debía llegar personalmente a esa conclusión, después de haber digerido adecuadamente la adoptada línea Marxista y Leninista del pensamiento político y social reinante en el país.
En aquella ocasión tuvimos un encuentro con Fidel Castro en una audiencia que tuvo una duración de más de una hora y habíamos obtenido de él, el necesario permiso para la emigración de cinco miembros de la comunidad judía, que les permitiría reunirse con sus familiares en Caracas. Naturalmente, quedamos impresionados por la legendaria personalidad del revolucionario, habiéndonos preparado con anterioridad a la reunión con la lectura de la entrevista que le hiciera Fray Betto.
En esa misma oportunidad, Castro nos había invitado a volver a Cuba con más tiempo a nuestra disposición, para poder viajar al interior del país donde, según los Cubanos, podía apreciar mejor los resultados de la revolución. Castro se enorgullecía, en especial, de los adelantos logrados en los campos de la educación y de la salud.
Esta vez, Abril de 1988, nos preparábamos para una segunda visita a Cuba. Castro había escrito sobre una carta que le había enviado, “que venga el rabino”. Desde aquel momento se inició un nuevo proceso de llamadas telefónicas con Carlos Antelo, el representante del Comité Central del Partido Comunista de Cuba en Caracas. Se acordó una fecha definitiva para nuestra visita que sería el 10 de abril, el día siguiente a la conclusión de la festividad de Pésaj que celebra el aniversario del éxodo del pueblo judío del antiguo Egipto.
En una conversación con Rafael Quiroz, el sub-secretario del Congreso Venezolano y sabiendo que su esposa Niurka era Cubana, le hice mención de lo inminente de mi viaje. Quiroz me solicitó interceder ante las autoridades cubanas a fin de que se le permita la salida definitiva de Cuba a sus suegros y cuñado, allí residenciados. Mi respuesta fue afirmativa, aunque, y como es obvio, le recordé que lo único que podía hacer era una solicitud, pero que el permiso eventual era la prerrogativa de los cubanos, mejor dicho de Fidel Castro. Desconocía para aquel momento que ya se habían efectuado varias peticiones, sin resultado alguno. Este era un caso difícil para los cubanos. Antelo me había informado que ya se había hecho mucho por Quiroz, al permitírsele salir a Niurka de Cuba y dar la posibilidad para que se realizaran varias visitas familiares. El problema residía en el hecho que el padre de Niurka había pertenecido al partido comunista y que su hermano estaba en la edad apropiada para el servicio militar obligatorio.
Quiroz me ayudó a conseguir un avión de Lagovén, una de las compañías petroleras venezolanas. La nave era un Gulfstream con suficientes puestos para la propuesta delegación de siete personas y espacio para los posibles tres adicionales pasajeros para el viaje de retorno. En la fecha ya señalada, el avión nos llevaría a Cuba, para volverse tres días más tarde a Caracas.
La delegación incluía a mi esposa Henny y al obispo católico Alfredo Rodríguez, ambos miembros del grupo original que visitó Cuba; al vicario anglicano en Venezuela, el muy reverendo James Harkins y su esposa Dora; al señor Elieser Rotkopf, ex presidente de la comunidad judía de Caracas y miembro de la Junta de Gobernadores de la Universidad Hebrea de Jerusalem y a su esposa Ena, presidenta de la Organización Internacional de Mujeres Sionistas (WIZO) de Venezuela. A último momento, el obispo Rodríguez tuvo que excusarse porque unos jóvenes estudiantes universitarios habían tomado la Catedral de Cumaná, y en su calidad de obispo de la región, no le era posible ausentarse debido a las posibles complicaciones que la huelga universitaria podría traer. Los seis restantes miembros de la delegación, levantamos vuelo de acuerdo con nuestro horario, a la una de la tarde rumbo a La Habana. Tal como en nuestro viaje anterior, desconocíamos de antemano los detalles de nuestra estadía en Cuba. Unos días previos a nuestro viaje hice varias llamadas telefónicas a la comunidad judía y a algunos conocidos del mundo político cubano. La noche del jueves anterior, se recibió una llamada en casa que sugería me abstuviera de hacer llamadas adicionales a La Habana. Todos los arreglos debían hacerse a través de Antelo.
El domingo, 10 de Abril, un vuelo de lo más cotidiano nos llevó a La Habana y cinco horas más tarde fuimos recibidos en el aeropuerto José Martí por Eduardo Fuentes, miembro del comité central del partido comunista que había desempeñado, por un espacio de cinco años, el puesto que Carlos Antelo ocupa actualmente en Caracas. Se encontraba también un joven miembro del comité central, Rafael Hidalgo, quien iba a ser nuestro constante acompañante durante los próximos tres días en Cuba.
Esa misma noche nos reunimos con un grupo representativo de la comunidad judía en la biblioteca del Patronato, la sede de la sinagoga más grande de La Habana. Según nos informaron, se había realizado un Séder comunitario de Pésaj con la asistencia de más de cien personas. Anualmente, la comunidad judía del Canadá enviaba las necesarias matzot para la celebración. Pero como solía suceder, este año también se había retrasado la llegada de los insumos necesarios. Al enterarse de este problema, el rabino Arthur Schneier, quien se encontraba de visita encabezando una delegación del “Appeal to Conscience Foundation”, envió a Miami el avión privado que tenían a su disposición para traer matzá y vino para la celebración. De tal modo, el Séder se pudo realizar con todo el rigor y de acuerdo con nuestras sagradas tradiciones.
La última Bar Mitzvá se había realizado en el año 1976 y había problemas con la realización de un Berit Milá. Dado que no había mohel, muchos estaban sin circuncidar. Había unas diez personas, para la fecha, que requerían Berit Milá. Después de un intercambio de opiniones decidimos que le presentaríamos un plan de acción al doctor José Felipe Carneado, el miembro del comité central del partido comunista encargado de las relaciones con los cultos religiosos en el país. La idea era que se designase a un médico de la comunidad judía para hacer las circuncisiones y que otro miembro, conocedor de las tradiciones recitase las indicadas oraciones rituales. Los Berit Milá se realizarían en un hospital estatal designado para tal propósito. Les habíamos traído varios ejemplares de “El Ser Judío” de Haim Donin. Les prometimos que les enviaríamos unos ejemplares adicionales, igualmente al doctor Carneado, quien mostró mucho interés por el libro. Haríamos también un envío regular de unos veinticinco ejemplares de nuestro semanario “Nuevo Mundo Israelita,” para ser distribuidos entre algunos miembros de la comunidad. También se mostró interés por cintas de video de temas judíos y generales que podrían servir de atractivo adicional para que las jóvenes generaciones asistiesen con mayor frecuencia y en mayor número a las actividades del Patronato. Todos estos planteamientos fueron tratados con el doctor Carneado, quien les dio su aprobación.
La comunidad judía de La Habana está ansiosa por recibir la visita anual de un rabino por un período de unos dos meses, con el fin de tratar numerosos aspectos de tradición, familia y educación. A nuestro regreso a Caracas, les manifestamos, buscaríamos la manera de encontrar una solución a esa necesidad.
A la conclusión de la reunión fuimos invitados a “El Tropicana,” el famoso club de La Habana para presenciar el show de las once de la noche. En nuestra visita anterior, ya había tenido la oportunidad de cerrar los ojos un tanto durante la representación debido al cansancio del viaje. Esta vez, no hubo cambio alguno. El stress y las ansiedades del día, cobraron su peaje y apenas nos quedaron unas horas escasas para dormir. Teníamos que levantarnos temprano pues salíamos de viaje al interior del país. Visitaríamos Santiago de Cuba, la segunda ciudad del país donde empezó formalmente la revolución que llevaría a Castro al poder.
Nuestra “Casa Protocolar” tenía todas las necesidades para hacer confortable nuestra estadía, incluyendo el esfuerzo por cumplir con los requisitos dietéticos de un rabino. La casa era amplia, habiendo pertenecido, obviamente, a un miembro de la anterior oligarquía cubana. El aire acondicionado estaba presente en todas las habitaciones, hecho que nos permitió descansar unas horas no obstante la elevada temperatura en la ciudad.
El vuelo de una hora y veinte minutos a Santiago se realizó en un avión Ilushin 18. También en esta oportunidad se nos hospedó en una “Casa Protocolar”. Además de Rafael de La Habana, dos miembros locales del partido nos acompañaron durante toda la estadía en esta ciudad. Nuestra primera visita fue al Fuerte Moncada, primer blanco fallido de la revolución. Hoy en día es utilizado como una escuela, que por algunas razones estaba en receso temporal. El asalto al fuerte había sido un fracaso, sin embargo, había señalado el comienzo del conflicto que eventualmente iba a derrocar a Batista. Una sección de este fuerte está dedicada a repasar visualmente la historia de las revoluciones y rebeliones cubanas, con énfasis especial en la última, la encabezada por Fidel Castro. La pared exterior del fuerte muestra los orificios producidos por las balas en el momento de la fallida toma. Aunque el fuerte fue reconstruido, se incluyó, con la ayuda de fotografías, los huecos en los muros producidos por los proyectiles.
En las horas de la tarde visitamos la Catedral de Santiago. El arzobispo Pedro Meurice se había ido a La Habana para participar en los preparativos de la próxima visita del cardenal O'Connor de New York. Por mera coincidencia, nos encontramos con el arzobispo en el aeropuerto de Santiago. El avión que nos había traído, lo llevaría a él a La Habana. En la breve conversación que sostuvimos, Meurice nos explicó que no tenía sentido la confrontación entre la iglesia y el gobierno. Lo prudente era aprender a convivir bajo las condiciones existentes y buscar la manera de llevar el mensaje de la iglesia dentro del marco de las circunstancias dadas. La palabra clave era “reconciliación”. De los pronunciamientos del arzobispo recibimos la impresión que la iglesia no se doblegaría frente a la revolución. Pero por otro lado, tampoco se opondría abiertamente a ella. Tenían que aprender a convivir y a estar preparados para cualquier eventualidad que el futuro presentase. Según el arzobispo había algunos desarrollos esperanzadores para la iglesia. No obstante el hecho que con anterioridad a la revolución había unos 800 sacerdotes católicos en el país, en la actualidad sumaba apenas 200, se habían obtenido permisos para el ingreso de 23 presbíteros y 40 monjas, adicionales. La mitad de ellos ya estaban en Cuba. Existía un Seminario Católico en La Habana y un Seminario Menor en Santiago.
Fuimos recibidos en la Catedral por el padre Manuel López Arrieta quien nos mostró el imponente y bello interior del templo, sugiriéndonos al mismo tiempo, que eran numerosas las dificultades que se presentaban a diario para transmitir a los feligreses los valores espirituales de la fe. Especialmente a las jóvenes generaciones. Hablaba con gran nostalgia acerca del encuentro religioso nacional de un par de años atrás, ocasión en la cual se hizo una catarsis colectiva espiritual acerca de la realidad y del futuro de la iglesia. Los intelectos se aunaron, en aquella oportunidad, en la búsqueda de caminos para la diseminación de la fe, en un ambiente que no siempre era amistoso y facilitador de la labor de la iglesia. Carecían de los medios elementales para difundir su mensaje. Apenas tenían las posibilidades de sacar una pequeña página impresa semanal para comunicarse con las grandes masas. La realidad de las cosas era que Cuba nunca se había distinguido por su fervor católico. En el mejor de los tiempos, se calculaba que un doce por ciento era practicante de las ordenanzas de la iglesia. En la actualidad la cifra no llegaba al uno por ciento.
Nuestra próxima visita se realizó en una grandiosa estructura, actualmente la sede de la Asamblea Provincial de la Revolución. Fuimos recibidos por el vice presidente de la Asamblea Ernesto Suárez. En el transcurso de la hora de la reunión, fuimos informados con abundancia de detalles y de cifras, acerca de algunos aspectos de los logros de la revolución, que como siempre se centraban en los campos de la educación y de la salud. Se nos bombardeó con un recital de estadísticas que demostraban las bondades de lo alcanzado, tanto desde un punto de visto cualitativo como desde la perspectiva cuantitativa.
Es probablemente cierto que el cubano promedio se beneficia con una mayor abundancia de servicios de salud y de oportunidades para adquirir una educación adecuada. Pero, al mismo tiempo, se escucha un silencio ensordecedor en las calles y es difícil encontrar un rostro que refleje la felicidad o el regocijo. La resignación es una característica aparente en las caras. Escuchamos que los padres no confían en sus hijos y que este recelo es recíproco.
Pasamos por delante de una librería y nos encontramos con que la edición de la Perestroika de Gorbachev estaba agotada. Nosotros, ya la habíamos obtenido en una tienda para turistas. Habíamos escuchado que la edición cubana había sido limitada. No se había decidido aun si su lectura era saludable para el pueblo cubano. En la misma librería nos encontramos con un ejemplar de “Diccionario Filosófico” de M. Rosental y P. Iudin y bajo el rubro de “judaísmo” encontramos lo siguiente: La iglesia judía es la sinagoga. Pese a las afirmaciones de los teólogos judíos actuales, en el sentido de que el judaísmo desempeña un papel especial, “purificador”, éste, en realidad, no cede en nada a las otras religiones por su carácter anticientífico y reaccionario. El judaísmo constituye la religión oficial de Israel, es la base religiosa del nacionalismo burgués hebreo (Sionismo).
Después de la cena, que fue servida con la mayor elegancia y simultánea sobriedad, tal como todo el servicio que se nos prestó, fuimos a una casa de cultura para la juventud. Escuchamos a dos grupos de música que se distinguieron por su eficiencia. Se notaba, sin embargo, falta de espontaneidad y de alegría. En un ambiente un tanto forzado, se sentía la presencia de la resignación, de la aceptación de lo que no permite cambio o alternativa.
A la mañana siguiente regresamos a La Habana. Esta vez fuimos invitados a almorzar a “El Floridita,” el bar-restaurante hecho famoso por Ernest Hemingway. Nuestros anfitriones fueron Eduardo Fuentes y Jorge Luis Joa, el miembro del comité central encargado de las políticas hacia Venezuela, Colombia y Ecuador. Joa era el superior inmediato de Fuentes, y de Antelo en Caracas. Nuestra conversación se centró acerca de las futuras relaciones entre Cuba y los Estados Unidos. La impresión recibida era clara. Cuba buscaba alguna apertura y las próximas elecciones presidenciales en los Estados Unidos podrían presentar una oportunidad para un nuevo diálogo entre ambos países.
Al término del almuerzo nos dirigimos al Palacio Arzobispal para un encuentro con el arzobispo Jaime Ortega de La Habana, quien también ocupa el cargo de presidente de la Conferencia Episcopal de Cuba. Ortega nos ofreció una reflexión muy profunda y, aparentemente honesta, sobre la situación del país. Anticipamos con gran interés las elecciones americanas porque pueden dar lugar, luego, a una nueva relación entre nuestros países, dijo el arzobispo. Cuba está tratando de escapar de su aislamiento. (La relación entre las palabras isla y aislamiento es muy aleccionadora en el caso cubano. Ya de vuelta en Caracas, el ex presidente Carlos Andrés Pérez nos dijo que le habían comentado que Fidel se sentía muy solo y desengañado porque su revolución no había tenido la resonancia esperada en los diferentes confines del globo terrestre). Según Ortega, se le había negado a la iglesia los medios necesarios para el desenvolvimiento porque se la consideraba una ideología que competía con la revolución por la conquista de las almas del pueblo. La iglesia exige lealtad, y la lealtad, según los líderes de la revolución, tenía que estar dirigida con exclusividad a sus ideales. Era un hecho que la revolución también era una especie de religión celosa que no deseaba compartir sus feligreses y éxitos con otros. No podían existir, paralela o simultáneamente, dos lealtades o dos religiones.
Fuimos a una reunión del Consejo Ecuménico de Cuba. Dos personas estaban presentes para recibirnos. El doctor José Miller, presidente de la comunidad judía con quien ya nos habíamos reunido la primera noche y el obispo Episcopal Emilio Hernández. Habían excusado su inasistencia otras dos personas. El pomposo nombre de la organización contrastaba con la pobreza del encuentro. No aprendimos nada nuevo en esta reunión. Únicamente se confirmó lo que ya habíamos escuchado. La vida no es fácil en La Habana. La vida religiosa, es más difícil aún.
Habíamos programado una segunda reunión ampliada con la comunidad judía, en la esperanza de encontrarnos con un mayor número de correligionarios. Los Rotkopf, mi esposa Henny y yo, constituíamos un equipo que probablemente podría responder a la mayoría de las preguntas acerca de nuestra tradición, nuestra historia y de los eventos contemporáneos que dejaban huella y que eran de significación. Nuestro encuentro, sin embargo, fue de corta duración. Ena Rotkopf y yo hicimos unas breves presentaciones, con la anticipación de una larga noche para responder a las interrogantes que intrigaban a los presentes. A los cuarenta y cinco minutos de empezada la reunión, fuimos informados que teníamos que regresar a la “Casa Protocolar”. La entrevista con Fidel Castro era inminente. Unos minutos antes del comienzo de la reunión, tuvimos la oportunidad de conversar individualmente con algunos miembros de la comunidad. Se nos informó que “Shevet Ahim”, la más antigua sinagoga sefardí está en abandono y que requiere algunas reparaciones. Pero, otros alegaron, para qué se iba a reparar. No hay suficientes personas interesadas en nuestras actividades, alegaron. Un miembro joven, Moisés Asís, había estado estudiando por espacio de varios meses en un Seminario Rabínico de Buenos Aires. Pero pudimos constatar que sus conocimientos judaicos son elementales. No hay lugar a duda de que es muy necesario la obtención de un rabino, o al menos de un profesor hebreo para evitar la amnesia total y colectiva de los elementos principales del judaísmo en La Habana.
Eran las diez de la noche cuando regresamos a la casa y empezó el período de la espera. Esta era la única oportunidad de ser recibido por Fidel y colocamos en un automóvil los dos presentes que le trajimos. Tal como en el encuentro bíblico entre Jacob y Esaú, nos preparamos de acuerdo con la interpretación rabínica, con oración, con obsequios y para la posible confrontación. En el tranquilo viaje desde Caracas, cada uno oraba silenciosamente por el éxito de la misión y al mismo tiempo, repasaba mentalmente, cuales podrían ser los argumentos a utilizarse en una posible conversación con Castro. Trajimos con nosotros una mezuzá del escultor judeo-venezolano Harry Abend, ejecutada en plata; y un cuadro de Victor Valera, al igual que Abend, ganador del premio nacional de Venezuela de escultura. Se asomaba la posibilidad que Castro nos dispensara una visita. A la medianoche, el teléfono confirmó que la reunión se realizaría en el Palacio de la Revolución y rápidamente nos dirigimos a los automóviles. Quince minutos después de la medianoche entramos al despacho de Fidel Castro. Cuatro horas y veinticinco minutos más tarde, Fidel nos acompañaba al ascensor para despedirnos, en una demostración de amistad y fraternidad.
El aspecto físico de Castro es imponente y su personalidad es envolvente. Estas características aunadas a su reputación mundial, resultan de un magnetismo inevitable. Los primeros minutos transcurrieron con la identificación personal de cada uno y con un discurso acerca de los logros en el campo de la salud. En especial, Castro hizo referencia al “médico de la familia” que debía de encontrarse en todos los barrios de las ciudades y en el campo. Este médico iba a ser la pieza central de todo el programa de la salud, con un énfasis especial en el campo de la prevención. Debía residir en la manzana que iba a atender. Un médico por cada 500 a 600 habitantes, el cual tenía que estar al tanto de las condiciones higiénicas y sociales de su entorno. Era también una especie de consejero familiar, una persona a la cual se podía acudir con problemas familiares. En fin, una especie de sustituto de la figura del párroco. Una persona en la cual se podía depositar confianza, en la seguridad de recibir un consejo reflexionado y autorizado. La idea tenía mérito, porque era una respuesta a la iglesia. Debido a la abundancia de ritos populares de magia, de superstición y de cultos de origen africano, el médico de familia, era la respuesta moderna de la revolución, al hechicero y al curandero de antaño. Este era el nuevo párroco del régimen, que competiría con el presbítero católico que representaba una lealtad diferente a la del estado.
Nuestra conversación se dirigió hacia los Estados Unidos. Castro nos sorprendió con su actitud moderada. Nosotros no odiamos a los americanos, tal como otros pueblos, enfatizó. Vayan a las calles y escuchen a las personas. Estamos en contra de las políticas de su gobierno, pero en cambio, admiramos a su gente y a muchos de sus logros. Hay mucho que podemos aprender de ellos. Mientras le presentaba la mezuzá, le decía que el mensaje que contenía el pergamino interior del mismo, era que había un solo Dios y que Su esencia era la libertad. Y por lo tanto, nosotros los seres humanos, por haber sido creados a Su imagen, también poseemos algo de esa libertad. Bueno, reaccionó Castro, nosotros somos libres. Acaso no permitimos a muchos cubanos irse a los Estados Unidos. Quien lo desee, puede irse. En tal caso, le respondí, estamos aquí también para interceder por una familia cubana que desea reunirse con su hija en Caracas. Le había escrito una carta a tal efecto. Castro alegó no haber recibido ningún escrito. Esto fue inmediatamente confirmado por el doctor José Miyar, su secretario personal y secretario del comité central del partido comunista, quien se había hecho presente en la reunión. Habíamos conocido a Miyar y a su hermosa esposa italiana Marina, en nuestro viaje anterior y sabíamos que era la persona clave para concretar cualquier decisión del Comandante Castro.
Castro se encontraba frente a un aparente dilema. Era indudable que conocía el caso y estaba al tanto que el más joven miembro de la familia, tenía edad de prestar servicio militar. Tenemos que investigar los pormenores del caso, dijo Castro. Estamos seguros, le respondimos, que se podía encontrar una solución que sea aceptable para todos. En cierta medida, la credibilidad de Castro estaba en juego. Hacía apenas unos instantes había afirmado la existencia de la libertad, y en la primera prueba, no podía fallar. Castro también me había puesto a prueba. Durante nuestra conversación me cuestionó acerca del porcentaje de los judíos emigrantes de la Unión Soviética que se dirigen al Estado de Israel. Mi respuesta fue que era un porcentaje pequeño. Satisfecho con mi respuesta, Castro cambió de tema.
Dado que el tenor de nuestra conversación se hacía cada vez más amistoso con el pasar de los minutos, asomamos el tema de Israel. Según Castro, Cuba tiene mucho que aprender de Israel, y estaba consciente de la larga historia de sufrimientos del pueblo judío. Había visitado Auschwitz y había sostenido en sus manos un libro, cuyas tapas estaban hechas de la piel de judíos asesinados. Como estudiante de la historia humana estaba al corriente de las numerosas persecuciones a las que habían sido sometidos los judíos a través de los tiempos. La Iglesia Católica, afirmó Castro, tiene una gran carga de responsabilidad por estas persecuciones y discriminaciones. En su juventud, continuó, se le había enseñado que los judíos habían matado a Jesús. Y cómo es posible matar a un Dios, cuestionó. No había duda en su mente que la Iglesia Católica era responsable por muchos de los males que azotan a la sociedad.
Castro tenía admiración por nuestra perseverancia frente a las numerosas dificultades que tuvimos que enfrentar y una gran estima por las numerosas personalidades que nuestro pueblo produjo. Estaba altamente impresionado por la proeza agrícola del kibutz, que admiraba desde todo punto de vista. En cierto momento de la conversación exclamó, Saben ustedes, nosotros, los cubanos, vivimos tan aislados como los israelíes. Por eso los podemos entender mejor. Aparentemente, Cuba buscaba las maneras de salirse de su aislamiento, de su soledad geo-política, y por lo tanto sus probables conversaciones con representantes de los diferentes Estados Americanos.
Tarde o temprano, continuó, los Estados Árabes tendrán que hacer la paz con Israel. Israel es una realidad y este es un hecho que no se puede negar. Nos esforzamos por señalar que el problema entre Israel y el mundo Árabe era el de existencia. Los territorios tienen una importancia relativa y se puede llegar a arreglos que sean satisfactorios para ambas partes. Pero, cómo se puede negociar con la existencia, con la vida misma. Recordamos que Sadat fue asesinado y Egipto expulsado de la Liga Árabe, efectivamente, por haber osado reconocer a Israel, no obstante el hecho de que se recuperaron todos los territorios ocupados. Castro respondió nuevamente que no puede ponerse en juego la existencia y la seguridad de Israel. Los comentarios del comandante eran tan positivos que le preguntamos por qué no reanudaba las relaciones diplomáticas con Israel. Castro respondió, con toda franqueza, que Cuba pertenecía al Tercer Mundo y que perdería mucho en ese organismo si tomase tal paso. Debido a ciertas consideraciones políticas tenemos que tomar ciertas posiciones, continuó Castro, pero eso no implica que exista odio en nuestros corazones. Los comentarios abiertos de Castro eran apreciados, pero revelaban que los Estados tienen intereses que están por encima de las amistades.
Castro está al día con los detalles del proceso electoral norteamericano. Es un pragmático y no un soñador, frente a los problemas que están sobre el tapete mundial. Nuevamente, apreciábamos que su gobierno está a la expectativa de la posibilidad de un diálogo con los Estados Unidos, una vez que tome posesión una nueva administración. La negociación será difícil porque los Estados Unidos insistirán en que Cuba se abstenga de intervenir y de interferir con la estabilidad política de los países centroamericanos. Por otro lado, Cuba probablemente considera que para retener su estructura socio-política es indispensable la creación de un centro socialista en el área, que sirva de contrapeso a los Estados Unidos en el norte y al emergente Brasil en el sur.
Para Castro, el cese del fuego en Nicaragua era frágil y estaba siguiendo muy de cerca los eventos en Panamá. Noriega no puede durar mucho tiempo, afirmó. También era conocedor de los pormenores de la política Venezolana y seguía a diario los desarrollos de la campaña electoral del país. Desde luego, tenía sus preferencias personales y le encantaría ser invitado a la toma de posesión del presidente electo.
Nuestra conversación incluyó ron y café. Le enseñamos la palabra hebrea “lejayim”, utilizada para brindar, y que se había convertido en nuestro saludo, casi oficial, en todos nuestros encuentros. Deben regresar, nos dijo Castro mientras nos acompañaba al ascensor en señal de amistad. Se produjeron palmaditas en la espalda y los saludos de rigor al término de lo que fue para cada miembro de nuestra comitiva, una muy recordada e histórica reunión con el Comandante Fidel Castro en el Palacio de la Revolución.
Según nuestro horario, debíamos partir rumbo a Caracas el día miércoles a la una de la tarde. Pensamos salir hacia el aeropuerto, alrededor de las once y media de la mañana. Pero nuestros anfitriones nos mantenían ocupados con conversaciones ligeras. Sonó el teléfono. El doctor Miyar deseaba hablar conmigo. El Comandante Castro le había encomendado comunicarme personalmente que su decisión con referencia a la salida de la familia Sánchez era positiva, pero que era físicamente imposible cumplir con los requisitos burocráticos indispensables en tan corto lapso. La familia Sánchez saldría, rumbo a Caracas, en el vuelo del próximo sábado. Castro deseaba que Miyar, personalmente, nos comunicara su decisión antes de la partida.
Hoy es domingo, 17 de Abril, y las familias Quiroz y Sánchez están reunidas en Caracas. El próximo viernes en la noche, durante el Servicio Religioso en la Sinagoga, continuaré relatando a mi congregación acerca de nuestras experiencias en Cuba. Los Sánchez y los Quiroz también estarán presentes para agradecerle a Dios por Su providencia y por el éxito de nuestra misión. Porque después del todo, hay un solo Dios, para judíos, católicos, protestantes y para toda la humanidad. |