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Título: Kristallnacht
Fuente: Otros
Autor: Pynchas Brener
Fecha: 02/06/1992
 
Contenido
Hace cincuenta años, el día 9 de Noviembre de 1938, empezó un período de unas cuarenta y ocho horas con las cuales se dio inicio oficial al intento de eliminar a los judíos de Europa. Para aquel entonces miles de judíos habían sido deportados y decenas de miles habían escapado, al emigrar a otros países. La noche denominada Kristallnacht, la rotura de los cristales, señalaba la definitiva continuación, de una anteriormente iniciada política de brutalidad y de aislamiento de la comunidad judía. Esta política se ampliaría a la segregación en ghettos y a los campos de concentración y culminaría con la aplicación de la “solución final,” la del genocidio del pueblo judío.

Súbitamente y como por coincidencia surgieron “demostraciones espontáneas” a lo largo y a lo ancho de Alemania y de Austria. Estas coincidencias fueron necesariamente preparadas, orquestadas y dirigidas por el Ministro de Propaganda Joseph Goebbels. De la larga y tortuosa noche, a la mañana, se había derrumbado la, aún para aquel entonces, inocente apreciación de centenares de miles de judíos que consideraban a Alemania su vaterland. De una población de alrededor de seis cientos mil, unos tres cientos mil judíos continuaban residiendo en Alemania, habiéndose identificado totalmente con su música y su literatura. Escuchaban a Beethoven y citaban a Goethe. Pero ahora fueron despertados a la horrenda realidad, que las hordas nazis podían actuar, herir y asesinar, sin la menor protesta de la ciudadanía del país y con la complicidad de muchos. Hubo individuos que mostraron extraordinario coraje, pero ningún grupo eclesiástico organizado alzó una voz de protesta. Medio año después de Kristallnacht, la iglesia católica pedía la bendición divina para Hitler en las misas que se realizaron para celebrar su quincuagésimo onomástico.

El pretexto utilizado fue el asesinato de un tercer secretario de la embajada alemana en Paris. Para el final de Octubre de 1938, todos los judíos de nacionalidad polaca residenciados en Alemania y en Austria habían sido arrestados y deportados con escasas horas de preaviso. En algunas localidades, únicamente los hombres fueron deportados y en otras, familias enteras fueron devueltas a su país de origen. Un joven judío en Paris, al escuchar que sus padres fueron deportados, en un ataque de furor enloquecido, se dirigió a la embajada alemana con un revólver en mano. Al no permitírsele entrevistarse con el embajador, entró a otra oficina y le disparó a un secretario. Este secretario falleció el 8 de Noviembre. Al día siguiente, empezó Kristallnacht.

Coincidentemente, había pánico en las calles de New York y New Jersey. No eran demostraciones de solidaridad con los judíos de Alemania y Austria. Las ansiedades de las personas habían sido causadas por una transmisión radial de Orson Welles. Las masas estaban bajo la impresión que había comenzado una “invasión marciana”. En la costa noreste norteamericana se estaba produciendo una histeria colectiva como resultado de una transmisión basada en ciencia-ficción, y en Europa la histeria colectiva era causada por un terror palpable, que adquiriría cada vez mayor fuerza, hasta transformarse en la peor pesadilla de desgracias y vil asesinatos en la historia de la humanidad. En los estados americanos se temía a los extraterrestres. En Europa se temía a los terrestres. Y entre los dos, los terrestres somos infinitamente los más crueles.

Estadísticamente hablando, noventa y un correligionarios fueron asesinados durante esa noche; mil cien sinagogas fueron incendiadas y destruidas; siete mil quinientos establecimientos comerciales pertenecientes a judíos fueron atacados con piedras, rompiendo sus vidrieras e instalaciones, y miles de hogares fueron saqueados e incendiados. Cementerios judíos fueron profanados y hospitales judíos fueron dañados. Experimentos atestiguan que el intelecto humano no puede abarcar el significado de las cifras mayores de estas estadísticas. ¿Se puede sumar el sufrimiento de seis millones de seres humanos? ¿Acaso puede haber mayor dolor que el causado por la pérdida de un solo ser querido? ¿Es el luto más profundo, cuando mueren dos personas? ¿Puede acaso un solo corazón dar cabida al dolor causado por la muerte de cien seres? Las experiencias personales, aunque de dimensión limitada, son probablemente las que dejan una huella indeleble e imborrable.

Un miembro de nuestra comunidad quien estaba residenciado en Viena, relata que durante esa infame noche, sus vecinos de puerta contigua, obligaron a sus padres a lavar la acera de la calle, tal como a muchos otros. El implemento que se les obligaba a utilizar para esta limpieza, era generalmente un cepillo de dientes. Y casi nunca faltaba un puntapié de alguien para derramar el agua del balde, y de esa manera se incrementaba la humillación a la cual se les sometía. Eran sus propios vecinos con los cuales tenían un contacto cordial casi diario, quienes, repentinamente, sufren una amnesia total, y con un cambio radical de personalidad se tornan en sus enemigos y en sus torturadores.

El diez por ciento de la población judía de aquel entonces, unos treinta mil, fueron arrestados durante Kristallnacht y deportados a los campos de concentración, donde miles fueron torturados, un mil de ellos asesinados. Estas cifras representan, nuevamente, las estadísticas. Según la experiencia personal de otro miembro de nuestra comunidad, las calles estaban cubiertas por vidrios rotos en aquellos días. Al enterarse de las detenciones, su madre la envió fuera de la casa con una muchacha de servicio, quien les era muy leal. Con sus ojos de niña vio como ardía la bella sinagoga ortodoxa de Hanover. Y tal como en muchos otros lugares, los rollos sagrados de la Torá estaban sobre el piso, desparramados y rotos, al igual que los libros de rezo y los “talitot” (mantos de rezo.) En algunas ciudades, los bomberos estaban presentes. No era para apagar las llamas. Su presencia era debida únicamente para asegurar que las edificaciones cercanas, que no pertenecían a judíos, no se contagien del fuego que ardía. Ellos eran la única familia judía en el edificio y sus vecinos les participaron que de aquel momento en adelante no tendrían que ver nada con ellos. Se habían convertido, súbitamente, en parias y leprosos en la calle y en la ciudad que los vio nacer, a cuyo desarrollo contribuyeron y cuyo idioma era su vernacular.

Las leyes de Nuremberg que fueron promulgadas en 1935, habían preparado el terreno, y ahora, Kristallnacht daba el golpe mortal a la vida comunitaria judía en Alemania. Cualquier esperanza abrigada anteriormente sobre el antisemitismo que aumentaba diariamente, calificándolo como un fenómeno pasajero que obedecía a razones políticas y de convulsiones sociales del momento, esta falsa óptica, se derrumbó en Kristallnacht. Ya no había duda. Se estaba desatando lo que la escritora Lucy Dawidowitz llamaría luego, “The War against the Jews” (La Guerra contra los Judíos).

Yad Vashem es un monumento sagrado en la ciudad sagrada de Jerusalén, con piedras sobre las cuales están grabados los nombres de los campos de exterminio. Hay una luz eterna que intenta representar, simbólicamente, a los millones de almas que ya no son de este mundo. En Yad Vashem reina el silencio, el silencio por los muertos, pero un silencio que, simultáneamente, hace recordar al silencio y a la indiferencia del mundo de aquellos tristes días para toda la humanidad. Como nos enseñara Hanna Arendt, el terror y el asesinato se convirtieron en una realidad diaria, a tal extremo que dejó de llamar la atención. Se vivía en la era de la “banalidad,” de la banalidad de las cámaras de gas, de la banalidad del jabón hecho de grasas humanas, de la banalidad de la trascendencia del genocidio de un pueblo. )Y el resto del mundo donde estaba? Estaba, casi mudo, inmerso en sus propias banalidades, auto centrismos y egoísmos.

Hay una calle que desemboca en Yad Vashem que se llama rehov tzadikei umot haolam, (calle de los gentiles justos del mundo) donde están grabados los nombres de algunas personas que demostraron nobleza y valentía, y quienes aún bajo la amenaza de muerte ayudaron y salvaron a probables víctimas de los nazis. El pastor Martin Niemoeller, por ejemplo, fue uno de ellos y por sus actividades humanistas, estuvo ocho años en un campo de concentración. Este pastor escribió:

Primero vinieron por los comunistas

y no protesté

porque yo no era un comunista

Luego vinieron por los socialistas

y no protesté

porque yo no era un socialista

Luego vinieron por los sindicalistas

y no protesté

porque yo no era un sindicalista

Luego vinieron por los judíos

y no protesté

porque yo no era un judío

Luego vinieron por mí

pero ya no quedaba nadie

quien pudiera protestar por mi

Escuchemos a Elie Wiesel, el testigo del Holocausto que continua perturbando la tranquilidad de quienes desean olvidar. Así escribió Wiesel en 1986:

“Guardián, ¿Qué de la noche? Hay tantas víctimas que necesitan ayuda. Es necesario que se nos sacuda para que salgamos de nuestra indiferencia, la fuente del mayor peligro en el mundo.

Porque recuerden, lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia. Lo contrario de la fe no es la arrogancia, sino la indiferencia; lo contrario de la cultura no es la ignorancia, sino la indiferencia; lo contrario del arte no es lo feo, sino la indiferencia. Y lo contrario a la paz es la indeferencia a ambos, a la paz y a la guerra -- la indiferencia al hambre y a la persecución, a la prisión y a la humillación, la indiferencia a la tortura y a la persecución”.

El Rabino Karl Richter fue llamado a servir en la sinagoga liberal de Mannheim en 1938. Para aquel entonces, tenía únicamente tres años de graduado y muchos rabinos habían emigrado de Alemania. En una comunidad en la cual anteriormente residían nueve mil, quedaban cuatro mil judíos. Por la insistencia de su joven esposa, se refugiaron con su niña de dos años en el hospital judío durante la noche de Kristallnacht. Por lo tanto la Gestapo no lo encontró cuando derrumbó la puerta de su apartamento. El hospital parecía una instalación de emergencia de un campo de batalla, con enfermos y lisiados, con personas cuyas piernas estaban fracturadas porque se habían arrojado por las ventanas de sus casas para evitar ser deportadas. La radio anunciaba constantemente que las acciones iniciadas constituían una rebelión espontánea del pueblo contra los judíos por el asesinato de París. Pero para esta reacción espontánea de las masas, se habían anteriormente distribuido listas con nombres de personas a quienes se tenía que ubicar. Tenían en sus manos órdenes específicas de acciones de terror, que con el pasar de las semanas y de los meses se iban a incrementar a dimensiones jamás imaginadas. Irónicamente, se impuso una multa de un billón de marcos a la comunidad judía como una indemnización por el secretario asesinado.

Totalmente indiferente, no quedó el mundo. Hubo protestas y mítines de masas. El Presidente Roosevelt retiró al embajador americano de Berlín para consultas. Pero las grandes naciones del occidente olvidaron aumentar sus cuotas de inmigración para permitir que un mayor número de víctimas se puedan salvar. ¿Cuál nación deseaba abrir sus puertas para permitirles la entrada a los pobres y a los refugiados que habían sido despojados de todos sus bienes? Se escucharon algunos lamentos, pero no hubo hechos. Las puertas de Palestina permanecían cerradas. Y lamentablemente, no había un Estado Judío. Israel aún no había nacido. ¿Cuán diferente hubiera sido el desarrollo de acontecimientos en la historia contemporánea con un Israel en el mapa en 1933?

No puedo olvidar, dice el citado Rabino Richter, el aspecto de mi destruida sinagoga unos tres días después, con los rollos de la Torá arrojados por doquier, con las palomas volando a través del techo roto, y con el hueco enorme en el lugar donde estaba el Arón Hakódesh. Todo estaba inerte por la destrucción. Todo era abandono y desolación. Súbitamente, se hizo presente un grupo de niños que visitaban la singagoga destruida. Una profesora de primaria había traído a los alumnos de su clase para impactarlos visualmente con esa triste realidad para que quede grabado en sus tiernas mentes el trato que tiene que dársele a los judíos.

Nos encontramos a cincuenta años de este evento de rotura de cristales, leil habedólaj, en hebreo. Pueda ser que por desconocer el idioma alemán tengo una reacción peculiar. La palabra Kristallnacht tiene un sonido musical, que oculta su nefasta significación. Y el mundo osa en reprocharnos, sugiriendo que “basta ya de llorar y de lamentar.” “¿Hasta cuando van a vivir en el pasado?” Para nosotros, la pregunta es incompresible, porque aún hoy en día ayunamos en Tishá beAv (el día nueve del mes hebreo Av) que conmemora la destrucción del Beit HaMikdash (templo sagrado) de hace diecinueve siglos atrás. Por lo tanto, ¿Qué sentido tiene pedirnos que olvidemos lo que ocurrió durante nuestras vidas? Si aún no hemos terminado de llorar y de lamentar, de decir kinot (lamentaciones) por el Beit HaMikdash de antaño.

Nosotros somos ante todo, un pueblo histórico, concientes de la importancia de la historia y con memoria histórica colectiva. Zajor (recuerda) es una mitzvá (ordenanza) de la Torá. Después de tres mil quinientos años del éxodo de Egipto, continuamos sentándonos anualmente alrededor de la mesa del Séder para ingerir matzá y maror, para recordar la amargura de la esclavitud. Por recordar esa esclavitud aún hoy, no es ninguna casualidad que sean nuestros hermanos los que gritan y se exponen, quienes protestan y se arriesgan para conseguir algún aliento de libertad en la Unión Soviética y en otros países tras la cortina de hierro.

Por tener memoria histórica somos tan vigilantes por el Estado de Israel. Por tener memoria histórica somos tan celosos de sus fronteras. Por tener memoria histórica no estamos dispuestos a arriesgar su seguridad. Porque recordamos cuales son las alternativas. Las alternativas son jabón y cámaras de gas. Las alternativas son ser el objeto de los caprichos de capos, de guardias y de Gestapo; ser el blanco de perros feroces y los pasajeros sardinas de trenes veloces que cumplen celosamente sus apretados horarios para llevar a sus víctimas al exterminio. Desde luego que no vivimos a diario, con lo que pueden ser pesadillas para otros, y que fueron realidades para nuestro pueblo. Que no venga nadie a decirnos que la historia no puede repetirse. Así reza un dicho del yídish, “En la casa de un ahorcado, no se menciona la palabra soga”.

Sin embargo, tenemos que enfocar nuestras miras hacia el futuro, hacia la posibilidad del bien y del entendimiento. Tenemos que vivir as if, (como si fuera posible) como si fuera posible que el hombre sea en su esencia bueno; como si fuera posible que la humanidad esté dispuesta a responder al hambre y al sufrimiento de millones que se acuestan con los estómagos vacíos; como si fuera posible que las naciones comiencen con autenticidad una búsqueda hacia el entendimiento y la armonía; como si fuera posible que nuestro planeta se convirtiera en un mundo humanizado y humanizante. Porque la alternativa es la locura. La alternativa es Kristallnacht. La alternativa fue entonces la locura, y por lo tanto puede serla de nuevo. Tal vez nos encontramos en el período de los tranquilizantes sociales que suprimen y ocultan los efectos de la demencia. Pero la enfermedad de la especie está presente y el deterioro continuo con un ritmo implacable. La demencia está un tanto somnolienta a veces, pero esperando únicamente un momento más oportuno para erigirse de nuevo como la ductora holocausto ora de una humanidad oportunista y egoísta.

Por eso necesitamos un Mashíaj, una nueva era, una nueva visión y comprensión del valor del ser, de la existencia y de la vida. ¿Poseemos acaso un barómetro para reexaminar nuestra escala de valores? El judaísmo afirma que si. Los parámetros están dados en la Torá, que es inmutable. Pero tal vez ayudaría un tanto de ingeniería genética para reprogramar nuestros dañados componentes cromosomales. Es aparente que necesitamos un faro de luz más potente que ilumine nuestros espíritus y que guíe nuestras acciones en el proceso de la historia. ¿Por qué dicen los Jasidim de Lubawitch en New York, we want mashiaj now, queremos al Mashíaj ahora? ¿Por qué murmuraron y cantaron los héroes y mártires de la época del Holocausto como un incesante refrán, aní maamín beemuná shelemá bevíat haMashíaj, (creo con fe firme que vendrá el Mesías)? Veaf al pi shehitmamea ajaké lo bejol yom sheyavó, (y aunque tarda lo esperaré por cualquier día que venga). Porque en el momento de mayor demencia en los anales de la humanidad, no permitieron la pérdida de fe en el hombre. Prefirieron vivir en su fantasía. Porque la realidad era locura total. Era la demencia colectiva de toda la especie humana. En la ausencia temporal de la divinidad, la fantasía es una droga que permite tolerar un dolor existencial, otrora insufrible.



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